El último AI Index 2026 de la Universidad de Stanford confirma que las herramientas de IA generativa forman ya parte de la experiencia de aprendizaje de la mayoría del alumnado universitario. El informe muestra que su adopción ha crecido muy rápidamente en apenas unos años y que esta tendencia se repite en distintos países.
En España, por ejemplo, el porcentaje de estudiantes universitarios que utilizan la IA para acompañar sus estudios ha crecido del 62 % al 87 % entre 2023 y 2025. Esto nos sitúa en el cuarto puesto entre los países incluidos en el informe, por detrás únicamente de Indonesia (95 %), Malasia (90 %) y Arabia Saudita (89 %).

Uno de los datos más interesantes es que el uso más habitual de la IA generativa entre estudiantes universitarios no consiste en pedirle que haga el trabajo por ellos, sino en utilizarla para comprender mejor un concepto o un tema. También recurren a ella para preparar exámenes, generar ideas, investigar o revisar textos que ya han elaborado.

Esto no significa necesariamente que la IA esté contribuyendo a mejorar el aprendizaje. Sí indica, sin embargo, que una parte importante del estudiantado está incorporando estas herramientas como apoyo en diferentes momentos de su proceso de aprendizaje.
Siguiendo esta línea, podríamos alejarnos del debate sobre cómo evitar un uso inadecuado de estas herramientas para focalizarnos en otro que tiene mucho más recorrido: ¿cómo acompañar al alumnado para que las utilice para comprender mejor, profundizar en lo que aprende y construir un criterio propio?
La diferencia entre un uso que genera dependencia y pereza cognitiva y otro que contribuye al aprendizaje depende, en gran medida, de las condiciones, las orientaciones y el acompañamiento pedagógico que construimos a su alrededor.
La brecha no está en el alumnado
El informe evidencia que mientras el alumnado incorpora la IA a sus procesos de aprendizaje con gran rapidez, las instituciones educativas todavía están construyendo el marco desde el que acompañar ese cambio.

En concreto, el AI Index muestra que solo una parte de los centros educativos dispone de orientaciones sobre el uso de la IA y que muy pocos docentes consideran que esas directrices sean realmente claras.
Es posible que el motivo de esta disociación entre ritmos sea que diseñar criterios compartidos, revisar modelos de evaluación, generar espacios de formación y tomar decisiones institucionales son procesos complejos que requieren tiempo. Mucho más tiempo del que necesita una nueva herramienta para llegar a millones de personas.
En este punto, las preguntas que emergen son profundas:
- ¿Qué usos queremos promover?
- ¿Qué competencias necesita desarrollar el alumnado?
- ¿Qué significa aprender cuando tenemos acceso permanente a herramientas capaces de generar información, imágenes, textos o código?
- ¿Cómo podemos revisar nuestras formas de evaluar sin renunciar a la comprensión, al esfuerzo y al aprendizaje profundo?
Responder a estas preguntas requiere liderazgo pedagógico, espacios para experimentar, tiempo para revisar prácticas y, sobre todo, una conversación compartida dentro de cada institución y entre todos los agentes educativos.
Integrar la IA en educación implica revisar cómo queremos enseñar, qué aprendizajes consideramos valiosos y qué papel deben desempeñar docentes y estudiantes en un contexto incierto de cambios continuos.
Alfabetización en inteligencia artificial: mucho más que aprender a utilizar una herramienta
Si aceptamos que el reto no es el acceso a la tecnología, sino el acompañamiento educativo, aparece una nueva cuestión: ¿Qué significa, realmente, estar alfabetizado en IA?
A menudo asociamos la IA con conocimientos altamente técnicos: programar modelos, entrenar algoritmos o desarrollar aplicaciones. Sin embargo, para la mayoría del alumnado, esas no serán necesariamente las competencias más relevantes.
El AI Index apunta en otra dirección: en buena parte de los países analizados, las competencias vinculadas a la alfabetización en IA están creciendo con mayor rapidez que las relacionadas con la ingeniería de IA.

Este dato ayuda a ampliar la mirada y ver que alfabetizar en IA no consiste únicamente en enseñar a utilizar una herramienta o en aprender a redactar mejores indicaciones:
- Supone comprender qué puede hacer una IA y qué no.
- Reconocer sus límites.
- Identificar posibles errores y sesgos.
- Contrastar la información que genera.
- Entender qué datos utilizamos y qué implicaciones puede tener su uso.
- Decidir cuándo aporta valor y cuándo es preferible resolver una tarea sin su mediación.
- Y asumir que ninguna respuesta generada por una IA sustituye la responsabilidad de pensar, interpretar y tomar decisiones.
Además, cabe tener en cuenta que si reducimos la alfabetización en IA al dominio de una aplicación concreta, corremos el riesgo de preparar al alumnado para utilizar una herramienta que probablemente cambiará en poco tiempo. Si, en cambio, contribuimos a desarrollar criterio, pensamiento crítico y capacidad de decisión, estaremos construyendo aprendizajes que seguirán siendo necesarios cuando las herramientas actuales hayan sido sustituidas por otras. Nuestra experiencia nos dice que las herramientas cambiarán, pero la capacidad para utilizarlas con criterio seguirá siendo necesaria.
Nuestro papel como guías y acompañantes del aprendizaje
Llegados a este punto, quizá sea útil pensar en el papel de las instituciones y del profesorado como guías y acompañantes del aprendizaje.
Tal y como nos muestra el informe, el alumnado ya está incorporando la IA en sus prácticas educativas, y lo está haciendo para comprender conceptos, prepararse para exámenes, generar ideas, investigar o revisar textos. Pero incorporar una herramienta de manera natural no significa, por sí solo, aprender a utilizarla con profundidad, autonomía o criterio.
Paralelamente, acompañar este proceso no implica dirigir cada paso ni ofrecer todas las respuestas. Significa crear las condiciones para que el alumnado pueda tomar mejores decisiones sobre su aprendizaje. Y esto supone, al menos, avanzar en dos direcciones:
- La primera es construir marcos claros y compartidos. El alumnado necesita saber qué usos de la IA son adecuados en cada actividad, cuáles deben explicitarse y qué parte del proceso debe realizarse de manera autónoma. Para poder acompañarles, el profesorado necesita criterios que le permitan orientar, evaluar y actuar con seguridad.
- La segunda es invertir en formación, recursos, tiempo y acompañamiento para los equipos docentes. No podemos pedir que se revisen las prácticas de enseñanza y evaluación sin ofrecer espacios y recursos para comprender las herramientas, probar nuevos enfoques, analizar sus límites y compartir lo aprendido. También es importante apoyar al profesorado dando visibilidad a las grandes experiencias de aprendizaje con IA que ya se están dando en las aulas.
La respuesta educativa no puede consistir en prohibir ni en aceptar cualquier uso de manera acrítica. Entre ambos extremos existe un espacio mucho más interesante: el de enseñar a utilizar la IA con intención, transparencia y responsabilidad. Asumir el papel de guías y acompañantes significa precisamente eso: no sustituir la capacidad de decisión del alumnado, sino ayudarle a desarrollar las competencias necesarias para ejercerla a través del empoderamiento.
Más que respuestas, necesitamos mejores preguntas
Como hemos visto, el AI Index 2026 no ofrece una respuesta única sobre cómo integrar la IA en la educación. Pero sí permite identificar algunas de las preguntas clave para seguir avanzando:
- ¿Cómo podemos saber si la IA está ayudando realmente a aprender?
- ¿Qué actividades permiten utilizarla sin delegar en ella los procesos cognitivos más relevantes?
- ¿Cómo evaluamos no solo el resultado final, sino también las decisiones, los razonamientos y el proceso seguido?
- ¿Cómo evitamos que las diferencias en el acceso, el acompañamiento o la formación generen nuevas desigualdades?
- ¿Qué necesita el profesorado para poder orientar estos usos con confianza y conocimiento?
El propósito de la educación nunca ha sido incorporar nuevas herramientas. Ha consistido (o debería haber consistido), sobre todo, en ayudar a las personas a comprender el mundo en el que viven y a participar en él de forma crítica, responsable y creativa.
La IA ya forma parte de este mundo y, por eso, quizá el reto sea seguir formando personas capaces de pensar, tomar decisiones fundamentadas, colaborar y aprender de manera autónoma en un contexto que cambia constantemente.
Esto nos devuelve a la pregunta con la que se iniciaba este artículo: ¿Está utilizando el alumnado la IA para aprender más y mejor? Probablemente no existe una respuesta general. Cada institución, cada equipo docente y cada contexto tendrán que analizar qué está ocurriendo, qué usos quieren promover y qué condiciones necesitan construir.
But sí parece claro que la conversación ya no puede centrarse únicamente en si la IA debe entrar o no en las aulas dado que la IA ya forma parte de ellas. La pregunta que tenemos por delante es otra: ¿cómo podemos acompañar al alumnado para que la utilice de una manera que contribuya realmente a comprender, pensar, crear y aprender mejor?
Porque las herramientas con las que aprendemos seguirán cambiando, pero la pregunta esencial, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿qué necesitan las personas para aprender más y mejor?



